Cuando se habla de sexualidad, casi todo el mundo piensa en sexo. Pero mucho antes de cualquier cama hay algo más básico: cómo te relacionas con tu propio cuerpo. Cómo te miras al espejo, qué te permites sentir, si te crees con derecho a desear y a que te deseen. En este artículo no vamos a hablar tanto de fotos como de eso, porque es lo que hay debajo de casi todo lo que vemos en nuestro trabajo.

La sexualidad es más que sexo

La sexualidad incluye el sexo, pero también el deseo, el placer, la manera de ser sensual, la relación con tu cuerpo y con el de otras personas, lo que te gusta y lo que no. Se vive sola o acompañada, con mucha o con poca actividad, y cambia a lo largo de la vida: no es igual a los veinte, después de un embarazo, en una enfermedad o en la menopausia. No hay una forma correcta de vivirla. Lo que sí suele haber es una sensación compartida: la de que «no lo estoy haciendo como debería».

Cómo aprendimos a mirarnos

La mayoría hemos crecido rodeados de imágenes de cuerpos pensadas para ser vistos por otros, y con mensajes contradictorios: sé sensual, pero no demasiado; cuídate, pero no te mires tanto; disfruta, pero con discreción. Añade las comparaciones constantes de las redes y el resultado es habitual: aprendemos a mirarnos como quien se examina, no como quien se habita.

Ese examen interno cambia mucho la experiencia. Si mientras te desnudas, te abrazas o te miras al espejo estás pendiente de «cómo me verá», es difícil estar en lo que sientes. No es un problema de tu cuerpo: es la mirada que te enseñaron.

Mirarse con juicio o mirarse con curiosidad

Hay dos preguntas que parecen parecidas y llevan a sitios distintos. «¿Cómo me verán?» te pone en el papel de objeto que otros evalúan. «¿Cómo me siento?» te devuelve el papel de sujeto. Cambiar de una a otra no es cuestión de voluntad ni ocurre de un día para otro, pero se puede practicar, y casi siempre empieza por cosas pequeñas.

El deseo también necesita permiso

Muchas personas, de cualquier género, aprendieron que desear es peligroso, vergonzoso o «poco apropiado». A veces con mensajes distintos según quién seas: a unas se les enseña a agradar antes que a desear; a otros, a rendir antes que a disfrutar. El resultado se parece: dificultad para pedir lo que apetece, para decir lo que no, o para permitirse el gusto sin culpa.

Darse permiso no significa hacer nada concreto. Significa aceptar que tu deseo, sea cual sea, es tuyo y no necesita justificarse.

Cinco cosas pequeñas que ayudan

No son una terapia ni una receta, solo puntos de partida:

  1. Escucha a tu voz crítica y cámbiale el tono. No hace falta callarla; prueba a hablarte como hablarías a alguien a quien quieres.
  2. Separa lo que otros esperan de lo que te gusta a ti. Desde la ropa hasta la música o los tejidos que te apetece sentir.
  3. Vuelve a los sentidos, sin objetivo. Una ducha lenta, una crema con un olor que te guste, una prenda suave. Sentir por sentir.
  4. Pon palabras al deseo. Con tu pareja o con alguien de confianza. Lo que no se nombra se vuelve más grande.
  5. Ajusta las expectativas a tu momento. El cansancio, el estrés y los cambios del cuerpo influyen. No estás rota: estás en otra etapa.

Y una aclaración importante: si hay dolor, malestar persistente, un trauma o una dificultad que te angustia, lo mejor es hablarlo con un profesional de la sexología o la psicología. Ni este artículo ni nuestro trabajo lo sustituyen.

Y aquí entra, un poco, nuestro trabajo

No somos terapeutas y no prometemos nada parecido. Pero sí vemos, sesión tras sesión, que ponerse delante de una cámara con cuidado y sin prisa puede ser una forma de mirarse con otros ojos: durante un rato, eres tú quien decide cómo quieres verte y cómo quieres que te vean. Es una opción entre muchas, y no hace falta para nada de lo anterior.

Si te interesa, aquí hemos escrito sobre por qué una sesión boudoir puede cambiar cómo te ves, sobre cuando el boudoir no es un capricho sino una necesidad, sobre el boudoir después de los 40 y sobre las sesiones en pareja. Y si tu miedo es no tener «el cuerpo adecuado», el boudoir no es para un tipo de cuerpo.

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Tu cuerpo no necesita justificarse para merecer que lo mires con cariño.